domingo, 16 de abril de 2017

La antena de la tele

Antes de entrar a vivir donde estoy, me di prisa por saber si funcionaba la tele. A fin de cuentas, buena o mala, hace compañía. Y como tampoco soy una fanática de esas series que están de moda, me apaño con las que no son de pago.

Lo malo es que, siempre que hace mal tiempo, a la antena le pasa algo y cada vez se ven menos cadenas, y las cadenas que quedan tienen una programación que va de mal en peor. Ya no puedo ver Rex, ni Caso abierto, pero ha aparecido la tele del Real Madrid. ¿De dónde ha salido? Telemadrid y La Otra aparecen encriptadas y en 24H siempre aparece el mismo tío.

Me da mucho coraje que ese estúpido artilugio me esté ganando terreno. La cosa ya se ha convertido en un desafío. Al final, terminaré llamando al técnico de la antena cuando ya no pueda ni ver la novela que me gusta: sí, yo también veo esas cosas; el que no, que tire la primera piedra.


domingo, 26 de febrero de 2017

Café de puchero

Hace tiempo una persona me preguntó si tenía alguna ilusión. No supe que decirle, en ese momento mi vida no iba a ninguna parte. Pero las cosas pueden cambiar.


Una sucesión de absurdos traslados había diseminado mi biblioteca por diferentes sitios, demasiados. Ahora los voy recogiendo de un sitio y de otro. Las cartas marruecas y David Copperfield aparecieron en lo alto de un mueble que llegaba al techo, junto a un cuaderno de álgebra de mi abuelo que mi madre estuvo buscando y buscando.


Una gramática de alemán en un cajón roto en un garaje; un libro sobre Irlanda en una buhardilla... ¿Cómo llegó hasta allí? También, poco a poco van apareciendo mis recuerdos sobre los Beatles: recortes de prensa, pósters, vinilos y partituras. Y mis guitarras, claro: ahora sonarán de otra forma. ¡Los autógrafos que me firmaron los Cadillac cuando aún estaba en el instituto! (de eso hace mucho). Platos, vasos y ollas que a saber cuánto tiempo tienen. 


Mientras voy sacando todos mis tesoros de las cajas, se calienta el agua en un puchero para hacerme un café. Cierro los ojos con mi taza entre las manos, el silencio de la mañana, mi ilusión.


domingo, 15 de enero de 2017

La oveja negra

Una vez mi hermano pequeño me dijo "el que va en rebaño se convierte en oveja". Creo que fue porque en su clase había un chaval que no se acoplaba en ningún grupo. Cuántas veces me he acordado de eso cuando se reían de mí porque no encajaba en ninguna parte.

La verdad es que me da lo mismo que me digan lo que sea si no soy un borrego como los demás. "Déjate aconsejar"... ¡Métete en tus asuntos! "Déjate ayudar"!... ¿Quién ha dicho que lo necesite? "Estábamos hablando sobre ti"... ¿Para organizarme la vida?

Los que actúan de esa manera suelen ser gente que tienen mucho más que hacer en sus propias vidas, y luego se quejan de que la vida les ha tratado mal. No hay nada como ser la oveja negra.


domingo, 1 de enero de 2017

Renovarse o morir

Renovarse o morir, eso suele oírse cuando tienes que hacer un lavado de cara a tu vida para no estancarte en algo. Las mujeres solemos ir a la peluquería, cambiar de maquillaje o hacernos las uñas. Yo lo hago cambiando el careto al blog, no tanto por ganas de renovación sino porque no sé cómo recuperar el anterior. Es lo que pasa cuando aprietas un botón sin saber para qué sirve.

He elegido uno de esos fondos que el sistema te ofrece por defecto y he ido cambiando algunas cosas, y luego las he vuelto a como estaban antes. O eso creo.

Empiezo a ponerme nerviosa. No paro de comer pan tostado, el que guardaba para mojar en el chocolate mientras disfruto del concierto de Viena. Es tarde. Sigo comiendo pan tostado, menos mal que quedan galletas.

Por fin encuentro el sitio donde puse una tontería hace ya siete años, pero ahora no se me ocurre por cuál cambiarla. Ya se me ocurrió. Ahora a dormir. Feliz 2017.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Luces de Navidad

Por fin llegó la noche más temida del año. Marisco, consomé, cordero o pavo, turrones, chocolate, villancicos, regalos, y paz y felicidad para todos.... ¿Para todos?

Ayer acompañé a mi madre al hospital para hacerse una radiografía del codo. Mientras esperábamos en un pasillo a que la atendieran, pasó por delante una chica a la que no le vi la cara porque estaba hablando por teléfono. No paraba de llorar y de decir "me han dicho que tengo leucemia". Cuando se alejaba, vi que tenía una cabellera preciosa, y que seguramente no tardaría en perder. Iba sola, menos mal que le cogieron el teléfono cuando llamó a alguien para desahogar su angustia.

Dejé volar el pensamiento y me acordé no solo de los enfermos, sino también de los niños que viven en países asolados por la guerra, de los desplazados que huyen con sus hijos muertos en brazos, de los heridos por alguien a quien no conocen, de los padres que solo pueden coger de la mano a sus hijos para que se sientan mejor, de los soldados que ya no entienden qué hacen en el frente, de los hombres que cambian un reloj de marca por una botella de agua, de los muertos que están insepultos, de los hospitales bombardeados para rematar a los que están allí, de la gente que muere de hambre o de los que están solos. ¿Qué pasa con ellos?

Sólo espero que esta noche, cuando estéis comiendo marisco, turrones o abriendo los regalos, que las luces de Navidad no deslumbren vuestro pensamiento y que, por lo menos, dediquéis a todas esas personas un pensamiento con el corazón. No es mucho pedir. Feliz Navidad.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Un poso de tristeza

Cuando empezó este año, en uno de tantos brindis dije "2016 va a ser mi año", aunque en realidad pensaba que iba a ser igual de gris que los cuatro años anteriores. Y, a decir verdad, 2016 ha sido un año bueno, a pesar de los problemas que nunca faltan.

Los que tampoco han faltado han sido aquellos que insisten en empañar los buenos momentos, los que no se quedan contentos si no dejan su mierdecita en la felicidad de los demás. Me recuerdan a esas fieras que, al verse heridas de muerte, reaccionan dando golpes a diestro y siniestro, aunque en este caso son personas que dan zarpazos en el alma de los otros, porque saben que no van a poder impedir la felicidad ajena ni saben disfrutar de lo que tienen, y de alguna forma quieren empañar esa felicidad.

Ya estoy deseando que se acabe el mes porque se promete agitado. Sé que si 2016 fue bueno, 2017 será mejor. Pero no puedo evitar un poso de tristeza, pues no encuentro alegría en las personas de las que más cabía esperarla.

martes, 22 de noviembre de 2016

Entre las páginas de un libro

Esta mañana, cuando bajé a comprar el pan, vi que se habían caído pétalos de flores en el patio. Aquello me recordó de cuando aún me compraba libros con cierta frecuencia: me gustaba poner dentro pétalos de rosas o una ramita de alguna planta.

También me acordé que le dejé un libro a un amigo que estaba económicamente peor que yo. El ejemplar no lo volví a ver aunque, bien mirado, me hizo un favor, porque era una auténtica mierda. Lo que me molestó realmente fue que, al abrir aquellas páginas, encontró un pétalo de rosa y lo tiró, como si fuera una porquería cualquiera y como si el libro fuese suyo.

Hace tiempo que ya no hablo con aquel individuo, en parte porque teníamos criterios muy diferentes sobre el conocimiento. Él estudió Filosofía, y eso le hacía creerse por encima del resto de los mortales, y no se cohibía en hablar con asco de la Historia. Está claro que me faltó reflejos con él. Cuando tiró el pétalo debí decirle cuatro cosas, coger mi manual y salir corriendo. ¿Qué derecho tenía él en tirar algo que ya formaba parte de aquel tocho, algo que, al fin y al cabo, yo decidí poner ahí para que hubiera algo hermoso entre las páginas de un texto espantoso?

Ahora, casi siempre leo en una tablet o en el ordenador, más que nada por una cuestión de espacio. No puedo meter flores o ramitas de plantas, pero elijo fondos de escritorio bonitos, que signifiquen algo para mí. Esos no los podrán quitar. Aunque, quién sabe...