jueves, 9 de octubre de 2014

No es sólo el ébola

Hoy he tenido más tiempo del habitual para pensar. En vez de ir a la biblioteca, me he quedado en casa porque esperaba una llamada relativa a un trabajo en el que había puesto esperanzas y, como viene siendo habitual en los últimos dieciséis meses, esa llamada no se ha producido. Así que, al mismo tiempo que he seguido con mi rutina de buscar empleo por Internet, he estado siguiendo por televisión y por la misma red las noticias que últimamente acaparan los medios de información: la corrupción y el ébola.

Iré al grano. He contemplado horrorizada cómo las autoridades quieren culpar de su dolencia a una de las enfermeras que se ocuparon de uno de los sacerdotes que estaban infectados por el virus. He visto cómo, a pesar de las recomendaciones en contra, esas mismas autoridades se dieron toda la prisa que pudieron en asesinar al perro de la enfermera con la excusa de que podía ser transmisor de la enfermedad: ¿le hicieron pruebas? No, ante la duda, culpable (mejor no pienso en que se ha perdido una pieza del puzzle). He apreciado cómo, esas autoridades que tanto presumen de que en Europa les aplauden con los pasos que están siguiendo que, en realidad, no hacen más que dar palos de ciego, y que lo único que de verdad han conseguido es crear alarma social y miedo por dar un abrazo a quien lo necesita.

Porque, sabe Dios como acabará esto, pero una vez que haya pasado el miedo y el ébola sea solo un mal recuerdo, los mismos que nos trajeron el peligro del virus seguirán poniéndose unas medallas que no les corresponden, seguirá el paro, el saqueo, la desconfianza y la desilusión. Mato, dimisión.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Cita previa

Necesito hacer unas gestiones en un servicio público de Madrid, pero primero tengo que pedir cita previa en uno de esos teléfonos que te saludan tan educadamente: “Bienvenido al Servicio de Gestiones Administrativas de su Provincia (nombre supuesto, está claro; no es que tenga miedo a dar nombres, es que no le voy a echar la culpa a un solo organismo). Si conoce la extensión márquela; si es usted profesional, marque uno; si está desempleado marque dos; si quiere pedir documentación, marque tres; si solo es información, marque cuatro; si quiere marear la perdiz, marque cinco…”.


Después te encuentras otra retahíla de marque uno, dos o tres o lo que sea, pero tarda lo suyo que te pongan con la opción que te interesa, eso por no hablar de que te hayas equivocado de opción, con lo cual tienes que volver a llamar porque no hay posibilidad de volver al menú principal; o que te hayan soltado un rollo sobre la protección de datos que nunca dura menos de tres minutos y que te hace olvidar para qué has llamado.


Una vez llamé a un sitio donde me soltaban el “todas nuestras líneas están ocupadas, no cuelgue por favor” seis veces en un minuto; si me tenían esperando quince minutos (a veces más), la frase tenía que aguantarla noventa veces: supongo que para hacernos entrar en trance y no nos diéramos cuenta de que se estaban riendo en nuestra cara.


¿Por qué no pido cita por Internet? A lo mejor porque no hay esa opción… El caso es hacernos perder el tiempo. La cita previa, ese invento maravilloso que, en teoría, tendría que organizar mejor el trabajo de los funcionarios (eso no lo sé, tendrían que opinar ellos) nos hace perder el tiempo a los demás, nos pone de mal humor y nos hace sentirnos en el más absoluto desamparo administrativo, porque para protestar o poner cualquier reclamación, seguramente tenemos que llamar a otro teléfono para pedir cita previa.


martes, 5 de agosto de 2014

Lo que se queda por el camino

Por fin el día 30 de julio acabé el curso que estaba haciendo; ha sido agotador estar yendo y viniendo a Alcorcón a lo largo de cinco meses. Por el camino iba escribiendo, leyendo o estudiando vocabulario de alemán en una aplicación que descargué en el móvil, pero hasta yo me canso: llegó un momento en que me sentía perdida, como que no sabía lo que estaba haciendo.


Pero poco a poco vuelvo a la normalidad, y los recuerdos del curso empiezan a ser difusos. Ya me apunté otra vez al Inem y también quiero retomar mi vida donde la dejé antes de empezar el curso. He intentado apuntarme a clases de natación, por hacer un poco de ejercicio, pero me han dicho que hasta septiembre nada. Lo más gracioso es que me piden hacer una prueba de nivel: ¡Qué prueba ni qué leches, si nado como las piedras…!


Así que tendré que buscarme otra forma de renovarme antes que el “ahora qué hago” me paralice del todo: imagino que volveré a ir al cine, ahora que vuelven a echar películas antiguas a buen precio, aunque sea a riesgo de que me trague alguna con alguna cupletista de cartel amarillento.


Trataré de volver a la rutina que me engaña y que me hace creer que salgo de casa por un trabajo, y que en la noche cuento en casa lo que he hecho en la oficina, y cosas de esas que no hago hace mucho tiempo. Pero siempre hay algo que se queda por el camino y no tengo ni idea cómo hacer con los cabos sueltos. Esta tarde iré a darme un paseo para pensar mientras camino, igual se me ocurre algo.


lunes, 21 de julio de 2014

Wasap


No es un tópico eso de que, con los tiempos que corren, con tanto teléfono, Internet, satélite de comunicaciones y demás zarandajas, que cada vez nos comunicamos menos. No hay más que ver a los chavales (y no tan chavales) aprovechando el wifi gratis de las hamburgueserías: han quedado con sus amigos pero no hablan entre sí, pero lo hacen con gente que sabe Dios dónde está…

Menos mal que ya hay páginas y páginas en Internet dedicadas a las averías del wasap, porque si no sería incapaz de entender que uno de ellos me ha bloqueado. Sencillamente, no lo entiendo.

miércoles, 2 de julio de 2014

Un año ya

Hoy hace un año que me despidieron del último trabajo que tuve, aunque sería más exacto decir del último trabajo remunerado, porque parar no he parado, hasta el punto que, de tener una talla 42 he pasado a una 38, y me acerco a la 36. ¿Cómo es posible esto? ¿Es que me falta de comer? No, afortunadamente no; pero el estrés generado por la necesidad de conseguir un trabajo, y la ansiedad derivada de no haberlo conseguido no ayudan a mantener el peso.

Al mismo tiempo, la sensación de inutilidad no me la quita nadie. Ningún esfuerzo se ve recompensado y, a falta de críticas constructivas, las destructivas me hacen polvo, y no sé si es peor una de estas o no tener ninguna. Porque aquel despido fue de una manera “extraña”.

El día de la entrevista me hicieron una prueba de velocidad que dejó impresionada a la que luego sería mi jefa, y esa misma tarde me llamaron para decirme que el puesto era mío, pero una vez dentro de la empresa, esa mujer nunca quiso decirme las pulsaciones que alcancé en aquella ocasión. En las dos semanas siguientes, cualquier cosa que solicitara (un asiento más cómodo, un teclado nuevo…) se me proporcionaba de inmediato, pero nunca información sobre cómo iba en el trabajo.

Hasta que llegó un lunes y me llaman de la ett que me envió a aquel sitio: me dicen que dejo de prestar servicios a la empresa pero no me dicen porqué. La situación no podía ser más incómoda, porque mi jefa, la que tendría que haber dado la cara si hubiera sido una buena jefa, se sentaba a menos de tres metros de mí, pero no me había dicho nada cuando llegué. Pregunté a la señora que me llamó si debía esperar al final del día para marcharme o si debía pasar vergüenza delante de los compañeros y marcharme ya. Van y me dicen que llamarían para consultar... a la persona que estaba a menos de esos tres metros.

Al final de la jornada, me fui saludando todo lo sonriente que pude al subordinado inmediato de aquella individua: la cara de pena que puso no se me va a olvidar en la vida, debió pensar que yo aún creía que volvería por la mañana.

En los días siguientes, no paré de trabajar con un teclado que me había comprado para mejorar en casa el trabajo que hacía en la empresa, solo que esta vez lo hacía para demostrarme a mí misma que yo no tenía la culpa de mi despido sino motivos que nunca supe (ni nunca sabré ni falta que me hace); no quiero que una mala experiencia me lastre las siguientes, solo que desde entonces, no ha habido siguientes.

martes, 17 de junio de 2014

Me siento mayor

Esta semana cumplo tantos años que prefiero no pensarlo demasiado...


Es cierto que digo mi edad y aún hay gente que no se lo cree, pero si alguien se lo cree termino preguntándome qué es peor: que no me crean y no me hagan caso por parecer demasiado joven, o que se lo crean y su reacción sea la de decir “qué haces aquí con los años que tienes”.

Ya sé que más de uno o una pensará “lo malo sería no cumplirlos”: es verdad, pero tampoco tardará mucho en cumplirse un año que estoy sin trabajo, y eso no me hace tener ganas de demasiadas celebraciones.


Al mismo tiempo, intento hacer cosas, más que nada para tener la cabeza ocupada, y no falta gente que eso lo considera una pérdida de tiempo. Esos me miran como si me hubiera caído de un árbol porque es verdad que hay que tener moral para hacer esas cosas a cambio de nada.


Esto hace que sienta que no encajo en ninguna parte, pero no sé porqué me preocupo, “esos” tampoco son una maravilla.

Supongo que todas estas lamentaciones serán cosas de la edad. Bueno, ahora llegaré a casa, me quitaré las gafas y me miraré al espejo: comenzaré a contarme las canas, a estirar la piel por donde hay arrugas y… mamá, esconde ese potingue mágico que me dijiste que tenías. Qué le voy a hacer, me siento mayor.


lunes, 12 de mayo de 2014

Cosas que no cambian

Dentro de 14 horas o así, tengo un examen. ¿Y qué estoy haciendo yo? Mirar en un libro de astrología por si las estrellas me quieren indicar el camino.

Los doce signos del Zodíaco.

Y es que a estas alturas ya no sé dónde mirar, porque estoy con ganas de que pase todo.

Constelación de Géminis.

Como buena Géminis que soy, no debería tener ningún problema para enfrentarme a la prueba; se supone que soy un espadachín mental y mi verbo es lacerante pero...

Espadachines.

...a la hora de la verdad, es como que las neuronas se me convierten en granito puro y duro, de ese que la erosión no deshace ni a tiros.

Granito.

Hay cosas que no cambian: el miedo a los exámenes es algo que siempre estará ahí y que creo que no lo voy a superar en la vida. Y peor que el miedo a los exámenes, el pavor a saber la nota. Me dan ganas de salir corriendo.

Miedo, miedo y miedo.